Archive for julio, 2010


Según la Real Academia Española vacación, es el “descanso temporal de una actividad habitual, principalmente del trabajo remunerado o de los estudios”. Para los que estamos gozando de ese ansiado “parate” de actividades, nos damos cuenta que lo hacemos, la mayor parte del tiempo navegando por internet o viendo televisión. Tal vez, y si se tiene el hábito, recurriremos a una lectura postergada de algún libro.

Generalmente, cuando matamos minutos en el ciberespacio, lo hacemos a través de las redes sociales o mensajeros. Rara vez, dedicamos nuestro descanso a actividades que nos “cultiven” mentalmente, como leer sobre cosas desconocidas, hacer “cíbertours” por museos o ciudades, sacarnos dudas y demás cosas que uno puede hacer, accediendo a la internet. Pero cuando el Facebook o el Messenger nos cansan, nos arrojamos irremediablemente a los brazos de un cómodo sillón y nos postramos delante de la tele.

Sin embargo, en la pantalla no buscamos la imagen que reemplace las cataratas de letras que nos pueden ofrecer los textos de internet, que en cierta forma pueden iluminar nuestra razón; sino que nos concentramos en ver programas de “variedades”, donde lo que abunda es la gresca y la chabacanería. Matamos minutos de nuestras preciadas vacaciones viendo los innumerables enfrentamientos entre “figuras” de rápido ascenso, cuyo único merito para ocupar lugar en un estudio de tv, es haber, justamente, creado un conflicto.

Lo que aquí escribo no pretende ser una crítica sobre cómo perdemos tiempo viendo televisión, sino que la idea es ver qué otras cosas podría hacer la tele por nosotros. Mejor dicho, lo que intento aquí es una vuelta de tuerca crítica al estado de la tele actual, plagada de programas o figuras “conflictivas” (por decirlo de alguna manera) que resultan más atractivas para las audiencias y reciben más espacio en los medios de comunicación, que contenidos culturales.

Para iniciar, partamos de una base teórica acerca de las funciones de los medios de comunicación. Si tomamos al sociólogo estadounidense Charles Wright Mills (1916-1962), este nos decía que los mass media informaban, opinaban o editorializaban, educaban y entretenían. Basados en esto, analicemos la televisión (abierta y por cable) argentina.

La tele nos informa. De más está decir la innumerable cantidad de noticieros y canales de noticias que hay en la grilla. Vemos que el periodismo argentino dedica horas de investigación para producir programas y contenidos que brinden nuevos conocimientos a la gente, o los interiorice acerca de problemáticas cotidianas. También podemos decir que los medios televisivos editorializan dado a la cantidad de envíos televisivos que hay sobre debates, o incluso por la elección de contenidos que hacen las emisoras, ya que determinan el tipo de programas que emitirán, basados en cuestiones atinentes al interés de la gente por un tema, o porque meramente les resulte redituable como empresa, presentar esos envíos.

El tercer vector sobre el que hablaba Wright Mills apuntaba a que los medios educaran. Bien, aquí parece surgir el primer inconveniente. En la televisión abierta argentina, pocos son los programas con contenidos educativos, o cuya intención sea enriquecer culturalmente a las audiencias. Es más probable que encontremos estos programas en canales de televisión por cable, y en su mayoría extranjeros, como ser el Discovery Channel o el History. Pero, para poder acceder a esos contenidos debemos estar suscriptos a un cableoperador, debiendo pagar para poder “educarnos” o “culturizarnos”.

La última, y no menos importante función de los medios, postulada por Wright Mills, es entretener. ¿Pero cómo nos entretiene la televisión?. He aquí el segundo cuestionamiento. Es real que el ser humano tiene una atracción al morbo muy fuerte. Cuando me refiero al “morbo” no lo hago sólo a eso de ver personas mutiladas, sino, a cómo define el diccionario de la Real Academia Española, en la tercer acepción de la palabra, a la “atracción hacia acontecimientos desagradables”, que pueden ir desde ver cadáveres hasta mirar los “pases de factura” entre fugaces “estrellitas”.

La televisión abierta argentina está plagada de programas donde el clímax se alcanza cuando dos personas se dicen las peores cosas delante de las cámaras (para unos meses más adelante estar a los besos y abrazos), o se muestran como íconos de suceso, cuando no tienen un mérito aparente para ostentar tal cartel. Es más, suelen ser más atractivos los programas donde hay peleas y discusiones (incluso si hablamos de programas de debate político). Poco queda de la tele de antaño donde a las señoras les enseñaban a hacer manualidades y a cocinar, o los chicos esperaban la hora de la leche para ver al Capitán Piluso o La Ola Verde con Flavia Palmiero.

No pretendo ser cuáquera y decir que es de terror ver señoras y señoritas como Dios las trajo al mundo, bailando en un caño, ni que no me divierto con las peleas entre vedettes, porque ya se ha hecho una costumbre (pareciera que si uno no ve los programas de Rial o Tinelli, no tiene temas de conversación divertidos para las reuniones sociales). Lo que me preocupa es ver que esos contenidos se repiten una y otra vez, a cualquier hora, sin filtro, y sin considerar quienes los están viendo del otro lado, en cuanto a su preparación para recibir ciertos mensajes. Me preocupa que la tele “erudita” (por así decirlo) no merezca un lugar más importante por sobre los programas cuyo única enseñanza es que hacer “quilombo” asegura el éxito por sobre el esfuerzo, el estudio y el trabajo.

No pretendo con mi análisis decir “censuremos estos programas”, porque creo que son la expresión de una sociedad más desprejuiciada y libre, a la que no le molesta lavar los trapos sucios afuera. Sólo creo que debiera haber un equilibrio de contenidos. Veamos un rato de “quilombo”, pero también dennos gratuitamente la opción de poder ver, de vez en cuando, una buena película (y no veinte veces Duro de Matar o la saga de películas de Olmedo y Porcel), un documental o un programa que nos lleve a pensar, que nos motive a averiguar más cosas, y a enriquecernos culturalmente. No pido mucho, sólo que la tele nos informe, enseñe y entretenga, pero que lo haga en serio.

La educación no tiene porque ser aburrida, al contrario, puede resultar entretenida, siempre y cuando se la presente de un modo atractivo, que “enganche” a los alumnos o a las audiencias. La experiencia, y una gran profesora de Historia -la Sra. Marisa Barrionuevo, que este año se jubiló de las aulas, y a quien dedico esta columna, en una suerte de agradecimiento por todos los conocimientos que me inculcó de una manera divertida- me han demostrado eso.

La cultura y el saber son valores imprescindibles en cualquier hombre, y si los chicos de hoy sólo son expuestos a mensajes “tinellianos”, por no existir otra oferta igual de atractiva, estaremos arruinando a toda una generación, al no darles opciones para formarse una cultura seria, que rescate los buenos valores que debieran primar en toda sociedad bien habida.

Sin más, mi queridos lectores, los invito a dejar por un ratito el programa de Rial, y sumergirse en un buen documental, una serie o una pelí, en caso de que la lectura de un postergado libro, no los atraiga.

Saludos, y hasta la próxima semana.

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La columna de esta semana surgió a consecuencia de una charla de Facebook. Esas charlas que a veces se tornan raras y en las que se tocan temas que poco tienen que ver con el fin de las redes sociales. Esta vuelta, el tópico en cuestión fue los accidentes de tránsito y el alcohol.

Recuerdo que en el 2008, hicimos con unos compañeros de facultad, una nota sobre el tema de los accidentes fatales y su relación con el alcohol. Por ese entonces arrancaba el Registro Nacional de Accidentes de Tránsito (RENAT) –creado por el artículo 8° de la ley 24.449-, cuya función era crear una base de datos a la que tuvieran acceso todas las dependencias que otorgan los carnet de conductor, a fin de evitar que personas con antecedentes de accidentes viales, no pudieran manejar, o tramitar el registro en otra jurisdicción distinta a la de su domicilio, donde contara con antecedentes.

En la actualidad, y desde 2008, funciona la Agencia Nacional de Seguridad Vial (ANSV) -creada por Ley 26.363-, cuya misión es “coordinar el conjunto de acciones y actores involucrados en el cumplimiento del resultado estratégico definido por el Gobierno Nacional de reducir en un 50% la mortalidad por siniestros viales en un plazo de cinco años.”

Cuando comencé a escribir esta columna quise buscar las cifras oficiales. Entré a la página del Ministerio de Interior pero no encontré nada en la sección de la ANSV ni tampoco en la del Consejo Federal de Seguridad Vial. Fui a la del Renat, y tampoco tuve suerte, ya que estaba caída (si es que ya no funciona). Casi resignada a no encontrar números al respecto, me acordé que la Asociación Luchemos Por la Vida elabora informes y estadísticas al respecto.

De las estadísticas que pude consultar en el sitio de dicha ONG, se ve que en entre el 2/1/2009 y el 1/5/2010, fallecieron 7.885 personas, de las cuales el 24% eran peatones, un 42% iban en un auto, un 8% eran ciclistas, un 25% eran motociclistas y un 1% no está determinado.

A su vez, de esas 7.885 personas fallecidas, un 53% se accidentó en horario nocturno, y un 54% -cifra que coincide con que el porcentaje que arroja la estadística sobre víctimas menores de menores de 35 años- lo hizo durante los fines de semana o feriados, lo que nos lleva a pensar de que podría haber algún tipo de relación con las fiestas y el alcohol, aunque no he encontrado cifras oficiales respecto de la cuantía de accidentes que se producen por conductores o víctimas que presentaban un dosaje de alcohol en sangre superior a los 0,5 gramos por litro de sangre permitidos por la ley argentina (aunque no quiere decir que no existan).

De acuerdo a los antecedentes de la Declaración de los Jóvenes sobre la Seguridad Vial, redactada en la Asamblea Mundial de los Jóvenes sobre la Seguridad Vial, celebrada en abril de 2007 en la ciudad de Ginebra (Suiza), la tercera parte de los muertos en este tipo de accidentes, son personas que no superan los 25 años de edad. En muchos casos, los victimarios e, incluso las víctimas, estaban bajo los efectos del alcohol.

Todo el análisis de estos números me llevó a preguntarme y analizar acerca de lo que se está haciendo para prevenir los accidentes viales y de todo lo que se podría hacer.

Si bien hay controles de alcoholemia apostados en distintos puntos de Buenos Aires, estos no son lo suficientemente efectivos. ¿Por qué? Fácil, porque suelen estar sobre avenidas, generalmente luego de calles que los conductores pueden tomar para evadirlos. Por otro lado, estos operativos no pueden controlar efectivamente a todos los conductores –lo que sería un gasto de tiempo y dinero inconmensurables-, sino que eligen aleatoriamente los rodados (las malas lenguas dirán que suelen ser autos caros, porque así pueden sacar mejores “coimas”).

La solución a mi entender, sería que los inspectores estuvieran en la puerta de los boliches o los bares, de modo que prevengan que una persona alcoholizada maneje, independientemente, que en las discotecas debería implementarse algún tipo de control, por ejemplo una pulsera, de seguridad, que los asistentes usaran y la cual se sella cada vez que compran un trago. Para evitar que los jóvenes se las saquen y así evadan el control, el uso de la pulserita deberá ser obligatorio si es que quieren permanecer en el recinto, debiendo entregarla a la salida (y así se podría ver cuantos sellitos tiene y en consecuencia ver si consumió alcohol).

Por otra parte, se me ocurrió que también podía ser posible que los encargados de los estacionamientos, en un actitud responsable, no entregaran las llaves de los autos a aquellos dueños que vieran bajo los efectos del alcohol, y sólo se las entregaran a personas que vieran en estado apto para conducir, debiendo firmar esta una suerte de nota en la que se hace responsable de que dicho vehículo (de modo que en caso de que ocurra un accidente, se pueda determinar efectivamente si el que conducía era una persona que estaba alcoholizada o uno de los conductores suplentes).

También pensé que no se puede prohibir tomar alcohol, y que los chicos suelen proveerse de buenas dosis a través de deliveries. Bueno, la solución a eso sería, que hubiesen controles efectivos, a fin de prohibir que se vendan este tipo de bebidas después de determinado horario (cosa que se hace, en supermercados, por ejemplo), o hacerlo únicamente en licorerías, habilitadas al efecto.

A los argentinos, por lo general, nos gusta la velocidad. Todos adoramos a Fangio y a Traverso, incluso al “Loco” Di Palma, pero ellos corren en el autódromo y no en la calle (además de que saben cómo hacerlo). El tema es que para el ciudadano promedio correr en el autódromo le implica gastar dinero, es por eso  que me pareció que estaría bueno que los autódromos no cobraran por correr, y que se habilitaran más lugares al efecto, de modo que la gente no corra en la calle. Porque la realidad es que para el que tiene alma de corredor y gastó cada centavo que ganó en dejar su auto como si fuera una Ferrari de Formula 1, la calle no es segura, porque puede cruzar gente, porque el pavimento no está en condiciones, o porque simplemente no hay reglas que impidan que los autos se choque entre sí –como si ocurren en los eventos, como el ¼ de milla).

Otro factor de riesgo al momento de los accidentes es el estado de los autos. Mucha gente sale a manejar sin tener la menor idea de las condiciones mecánicas de sus vehículos. Cómo la verificación técnica, si bien es obligatoria, la gente la hace si quiere, o sólo cuando está por vender su coche, debería haber algún tipo de multa grave para que la gente se vea obligada a revisar periódicamente sus autos, de modo que todos los autos estén en buen estado. Asimismo, habría que bajar los precios de los repuestos, ya que mucha gente no arregla sus autos por que estos suelen ser caros.

Por otra parte, hay lugares en los que sacar el registro es casi tan fácil como abrir un huevo kínder y develar el premio, ya sea porque no toman exámenes, o porque estos son muy pero muy fáciles. Si se evaluara conscientemente a los futuros conductores, y se los instruyera debidamente sobre cómo manejar y cuáles son los riesgos de manejar alcoholizado, con el auto en mal estado o alta velocidad (ilustrando los dichos con imágenes contundentes), la gente se cuidaría un poco más.

Es verdad que, por ejemplo, desde que en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se pusieron más estrictos con las fotomultas, la gente se cuida más, porque las infracciones suelen ser carísimas. Y es real también que al argentino promedio le duele gastar plata, entonces la clave estaría en que establecer multas altísimas, de modo que la gente haga lo que debiera hacer naturalmente, que es portarse conforme a la ley.

En fin, todas estas ideas, no son más que eso, ideas. Cada cual sabe lo que tiene que hacer. Si vas a manejar, como dice la publicidad, no tomés. O si querés tomar, deja que otro conduzca por vos (creeme que te va a cuidar el auto, porque a nadie le gusta ir al chapista, y menos pagar un arreglo jajaj). Es más si querés tomar, toma conciencia. Nadie te cuida mejor que vos.

Saludos y hasta la próxima semana.

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Probablemente con estas líneas me gané enemigos (de hecho un par más, no vendrían mal para incrementar mi fans club personal jaja). Esta semana decidí meterme en terreno pantanoso y analizar algunas cuestiones acerca de lo que nos dejó el Mundial.

Muchos dirán, que una mujer no puede hablar de fútbol. Tal vez, sea verdad la afirmación, pero lo que me propongo hacer aquí no es un análisis de técnicas, sino de personalidades.

Para no dilatar más la cuestión, mi columna de esta semana tendrá como personajes principales a Diego “El Diez” Maradona y a Carlos “El Apache” Tevez.  A lo que apunto aquí es a trazar un paralelismo entre ambas figuras, y tratar de entender (con la ayuda de los lectores que quieran dejar su comentario) porqué se idolatra tanto más a uno que otro.

Para empezar, hay que decir que ambos vienen de hogares humildes del Conurbano Bonaerense: Maradona es oriundo de Villa Fiorito, mientras que Carlitos se crió en Fuerte Apache.

Ambos demostraron su destreza deportiva desde pequeños, jugando en clubes barriales, hasta que debutaron, el primero a los 16 años y el segundo a los 17, en las primeras divisiones del fútbol argentino. Maradona pasó por Argentinos Juniors y Boca, mientras que “El Apache”, sólo jugó en el club de la rivera. “El Diez” jugó en el Barcelona (España), en el Napóles (Italia) y en el Sevilla (España); mientras que Tevéz lo hizo en el Corinthians (Brasil) y en los clubes ingleses Westham United, Manchester United y el Manchester City, donde aún juega.

Hasta aquí podemos decir que ambos son jugadores habilidosos, que vienen de las clases bajas y que han sabido desarrollar sus carreras, no sólo en nuestro país, sino en grandes clubes del extranjero.

Pero lo que los distingue a ambos es su actitud ante la vida. Tal vez pueda decirse que es por una cuestión de edades, pero, me permito disentir, creo que la cuestión pasa por una mitificación que el pueblo ha hecho de estos jugadores.

Si bien la carrera de Maradona es más larga y prolífica que la de Tevez, en ella no faltan los escándalos y conflictos judiciales. Si bien “El Apache” no se fue en buenos términos del Manchester United, ya que tuvo entredichos con el entrenador Ferguson, la realidad es que aún no hemos visto a Tevez metido en problemas de drogas, agrediendo a rivales o diciendo las cosas más soeces, sin filtro alguno.

Maradona no sólo es recordado por su grandeza futbolística –la cual le vale el reconociemiento mundial que tiene-, también se lo recuerda por agarrarse a trompadas con un rival del Athletic de Bilbao cuando jugaba en el Barcelona, por sus excesos con las drogas, por la agresión a periodistas con un rifle de aire comprimido y por ser –en palabras del presidente de la AFA Julio Grondona- un “bocón”.

Fue el mismo Grondona quien, en relación a la continuidad del ex jugador como director del Seleccionado Nacional, dijo que era “el único que puede hacer lo que quiera”. El problema es que “El Diego” se ha tomado muy a pecho eso de hacer lo que le plazca. Va alegremente por la vida desacreditando e insultando a cualquiera que tenga las agallas para disentir con él, apelando a frases y términos célebres por su mal gusto.

Muchos dicen que Maradona es el representante del Pueblo, porque en su figura refleja las aspiraciones de miles de personas de clases bajas que desean alcanzar el éxito. Bueno, creo que tendríamos que replantearnos el hecho de que un señor así sea nuestro embajador.

Desde mi punto de vista, Maradona es un gran jugador, pero nada más. No se puede seguir justificando sus desbandes en base a la gloria pasada. Estamos de acuerdo que sus jugadas ante los ingleses han sido gloriosas (me permito disentir con “la mano de Dios”, la cual considero dudosa y fruto de la “viveza criolla” que los argentinos solemos ostentar), pero toda su grandeza futbolística se diluye en los innumerables episodios de descontrol.

Ojo, no estoy diciendo, “crucifiquemos a Maradona“. Estoy diciendo: “Señores, si vamos a idolatrar a un señor, al grado de compararlo con Dios, por favor, tratemos de que nuestro ejemplo a seguir sea algo mejor que esto”.

¿Qué ejemplo para la juventud puede ser un hombre que pasó la mitad de su vida entrando y saliendo de clínicas de rehabilitación por su adicción a las drogas y el alcohol? ¿Puede ser un modelo de compañerismo y “fair play” un señor que se agarra a trompadas por cualquier cosa?. ¿Puede ser un ícono de la cultura un hombre que, sin importarle el escenario, se despacha con los peores dichos sobre ex colegas, superiores o periodistas?

Para mí, no. Me parece mucho más representativo un señor como Tevez, que también viene de las clases bajas, que también llegó a la cima del éxito y que trata de mejorar las falencias con las que carga, producto de la falta de oportunidades que padeció por origen.

Un señor que trata a colegas, superiores y medios, como lo que son, y no como menos. De lo que investigué para armar esta nota, no he encontrado escándalos protagonizados por el Apache, más allá de sus enfrentamientos con Ferguson y los insultos de los hooligans del Manchester United, que lo consideran algo así como un traidor por pasarse a las filas del City.

Para concluir, me adelanto a una posible refutación sobre las salidas de tono maradonianas: puede que alguno me diga, que se deben a que es humano y tiene sangre en las venas. Fenómeno, estamos de acuerdo en eso, pero todo tiene un momento y un lugar, y también hay consecuencias.

Si quiere decir lo que piensa, que no lo haga desde el lugar de técnico del seleccionado de un país, sino simplemente como glorioso ex jugador que es. Como futboleros que somos los argentinos, no podemos seguir permitiéndonos correr el riesgo de idolatrar a un señor así. Es más, no deberíamos como Pueblo siquiera pensar en enaltecer a un Maradona conflictivo.

Si queremos quedarnos con la gloria pasada, buenísimo. Es una cuestión de elecciones. Pero estaría bueno que empezáramos a elegir como iconos de la cultura, o representantes en el exterior a personajes menos conflictivos, o gente que realmente ha hecho grandes aportes a la impronta argentina en el mundo como ser el médico René Favaloro o Jorge Luis Borges.

Ahora, si queremos ídolos vivos, podemos dirigir la mirada a gente como Tevez y Messi, a Elena Roger y a otros tantos exponentes de la cultura argentina, que son más característicos de la esencia de nuestro país, y que nos representan bastante mejor, pero que son menos atractivos por ser menos conflictivos.

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Sin códigos

La labor periodística no es tarea fácil. Implica esfuerzo, compromiso y una responsabilidad muy grande con la sociedad a la que van dirigidos los distintos mensajes de los comunicadores.

Lamentablemente, en momentos donde el poder y el dinero mandan, informar no es sólo -como nos enseñan en la facultad- contar un hecho novedoso que puede resultar de interés para el público general, sino que es -en muchas oportunidades- dar a conocer una posición tomada o contar un suceso de la manera más movilizante, de modo que se influya en la opinión pública.

Son pocos los periodistas que pueden hablar realmente de objetividad –entendida como la narración cruda y pura de los hechos-. Que cuentan lo que ven tal y como ocurre. Pero son muchos los comunicadores, que -con total impunidad profesional- tergiversan la información a su antojo (o a la de una entidad superior), sin preocuparse por las consecuencias sociales de sus dichos o de las cosas que publican.

Puede decirse que, considerando que los periodistas son sujetos, y como tales tienen vivencias y características propias que se cuelan en su discurso (inconscientemente), no existe la objetividad. Pero entonces estaríamos frente a un problema pragmático que giraría en torno a dilucidar como debería hacer un comunicador para despojarse de su bagaje personal y contarle a los lectores o audiencia las cosas de una manera lisa y llana, que se tornaría aburrida, y que no sería atractiva.

No hay, a primera vista un cuestionamiento respecto a dar información. Si lo hay en el modo y las intenciones con qué se dan las noticias. Hay una suerte de “impunidad periodística” en la que los comunicadores se amparan para decir o escribir cualquier cosa como les plazca, aunque eso se aleje de la realidad, o comprometa intereses últimos de la ciudadanía, como ser la paz, la justicia y las instituciones democráticas.

Este libertinaje a la hora de informar deriva de una mala comprensión de la Constitución. Es cierto que cada cual tiene el derecho constitucional de expresarse, opinar, publicar sus ideas y hacerlo sin ningún tipo de censura. Pero también es cierto que debiera existir algún tipo de acuerdo implícito de cómo expresarse, y más cuando la materia de la información verse sobre cuestiones de alguno de los poderes del Estado.

Cada empresa periodística tiene su propio manual de estilo (una suerte de código) que explicita el modo en el que los integrantes del mismo deben expresarse. También hay un código de ética del Foro de Periodistas Argentinos (FOPEA). Pero todos estos son buenos intentos de regular la actividad de los trabajadores de prensa, y nada más, ya que no son obligatorios para todos, sino para los integrantes de cada institución. Al no ser el periodismo una actividad colegiada, no puede imponerse a los periodistas sanciones por mal desempeño, como ocurre con otras actividades como ser la abogacía o la medicina.

En una Argentina en la que los medios son entendidos como un cuarto poder (quinto en realidad, ya que desde la reforma de 1994, el cuarto poder es el Ministerio Público), con peso suficiente como para “presionar” y lograr soluciones a los problemas planteados por la ciudadanía ante la falta de respuesta de otras Instituciones, o con la entidad suficiente como para “voltear gobiernos”, debiera existir un marco normativo que regule la actividad de los periodistas, como ocurre con el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, que tienen sus propios reglamentos.

Mientras esto no ocurra, y cada trabajador de prensa se conduzca de acuerdo a su criterio, no existirá la seguridad de que la información brindada sea fiel a los acontecimientos, sino que siempre quedará latente la duda sobre si esos datos que vemos impresos en letra de molde, o volcados en informes de un noticiero, no responden a un interés superior, distante del de la ciudadanía. Al fin de cuentas, como en el ajedrez, la democracia es el gobierno de todos, y no el de unos reyes que se valen de sus peones y alfiles para desestabilizar a sus oponentes.

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