Según la Real Academia Española vacación, es el “descanso temporal de una actividad habitual, principalmente del trabajo remunerado o de los estudios”. Para los que estamos gozando de ese ansiado “parate” de actividades, nos damos cuenta que lo hacemos, la mayor parte del tiempo navegando por internet o viendo televisión. Tal vez, y si se tiene el hábito, recurriremos a una lectura postergada de algún libro.
Generalmente, cuando matamos minutos en el ciberespacio, lo hacemos a través de las redes sociales o mensajeros. Rara vez, dedicamos nuestro descanso a actividades que nos “cultiven” mentalmente, como leer sobre cosas desconocidas, hacer “cíbertours” por museos o ciudades, sacarnos dudas y demás cosas que uno puede hacer, accediendo a la internet. Pero cuando el Facebook o el Messenger nos cansan, nos arrojamos irremediablemente a los brazos de un cómodo sillón y nos postramos delante de la tele.
Sin embargo, en la pantalla no buscamos la imagen que reemplace las cataratas de letras que nos pueden ofrecer los textos de internet, que en cierta forma pueden iluminar nuestra razón; sino que nos concentramos en ver programas de “variedades”, donde lo que abunda es la gresca y la chabacanería. Matamos minutos de nuestras preciadas vacaciones viendo los innumerables enfrentamientos entre “figuras” de rápido ascenso, cuyo único merito para ocupar lugar en un estudio de tv, es haber, justamente, creado un conflicto.
Lo que aquí escribo no pretende ser una crítica sobre cómo perdemos tiempo viendo televisión, sino que la idea es ver qué otras cosas podría hacer la tele por nosotros. Mejor dicho, lo que intento aquí es una vuelta de tuerca crítica al estado de la tele actual, plagada de programas o figuras “conflictivas” (por decirlo de alguna manera) que resultan más atractivas para las audiencias y reciben más espacio en los medios de comunicación, que contenidos culturales.
Para iniciar, partamos de una base teórica acerca de las funciones de los medios de comunicación. Si tomamos al sociólogo estadounidense Charles Wright Mills (1916-1962), este nos decía que los mass media informaban, opinaban o editorializaban, educaban y entretenían. Basados en esto, analicemos la televisión (abierta y por cable) argentina.
La tele nos informa. De más está decir la innumerable cantidad de noticieros y canales de noticias que hay en la grilla. Vemos que el periodismo argentino dedica horas de investigación para producir programas y contenidos que brinden nuevos conocimientos a la gente, o los interiorice acerca de problemáticas cotidianas. También podemos decir que los medios televisivos editorializan dado a la cantidad de envíos televisivos que hay sobre debates, o incluso por la elección de contenidos que hacen las emisoras, ya que determinan el tipo de programas que emitirán, basados en cuestiones atinentes al interés de la gente por un tema, o porque meramente les resulte redituable como empresa, presentar esos envíos.
El tercer vector sobre el que hablaba Wright Mills apuntaba a que los medios educaran. Bien, aquí parece surgir el primer inconveniente. En la televisión abierta argentina, pocos son los programas con contenidos educativos, o cuya intención sea enriquecer culturalmente a las audiencias. Es más probable que encontremos estos programas en canales de televisión por cable, y en su mayoría extranjeros, como ser el Discovery Channel o el History. Pero, para poder acceder a esos contenidos debemos estar suscriptos a un cableoperador, debiendo pagar para poder “educarnos” o “culturizarnos”.
La última, y no menos importante función de los medios, postulada por Wright Mills, es entretener. ¿Pero cómo nos entretiene la televisión?. He aquí el segundo cuestionamiento. Es real que el ser humano tiene una atracción al morbo muy fuerte. Cuando me refiero al “morbo” no lo hago sólo a eso de ver personas mutiladas, sino, a cómo define el diccionario de la Real Academia Española, en la tercer acepción de la palabra, a la “atracción hacia acontecimientos desagradables”, que pueden ir desde ver cadáveres hasta mirar los “pases de factura” entre fugaces “estrellitas”.
La televisión abierta argentina está plagada de programas donde el clímax se alcanza cuando dos personas se dicen las peores cosas delante de las cámaras (para unos meses más adelante estar a los besos y abrazos), o se muestran como íconos de suceso, cuando no tienen un mérito aparente para ostentar tal cartel. Es más, suelen ser más atractivos los programas donde hay peleas y discusiones (incluso si hablamos de programas de debate político). Poco queda de la tele de antaño donde a las señoras les enseñaban a hacer manualidades y a cocinar, o los chicos esperaban la hora de la leche para ver al Capitán Piluso o La Ola Verde con Flavia Palmiero.
No pretendo ser cuáquera y decir que es de terror ver señoras y señoritas como Dios las trajo al mundo, bailando en un caño, ni que no me divierto con las peleas entre vedettes, porque ya se ha hecho una costumbre (pareciera que si uno no ve los programas de Rial o Tinelli, no tiene temas de conversación divertidos para las reuniones sociales). Lo que me preocupa es ver que esos contenidos se repiten una y otra vez, a cualquier hora, sin filtro, y sin considerar quienes los están viendo del otro lado, en cuanto a su preparación para recibir ciertos mensajes. Me preocupa que la tele “erudita” (por así decirlo) no merezca un lugar más importante por sobre los programas cuyo única enseñanza es que hacer “quilombo” asegura el éxito por sobre el esfuerzo, el estudio y el trabajo.
No pretendo con mi análisis decir “censuremos estos programas”, porque creo que son la expresión de una sociedad más desprejuiciada y libre, a la que no le molesta lavar los trapos sucios afuera. Sólo creo que debiera haber un equilibrio de contenidos. Veamos un rato de “quilombo”, pero también dennos gratuitamente la opción de poder ver, de vez en cuando, una buena película (y no veinte veces Duro de Matar o la saga de películas de Olmedo y Porcel), un documental o un programa que nos lleve a pensar, que nos motive a averiguar más cosas, y a enriquecernos culturalmente. No pido mucho, sólo que la tele nos informe, enseñe y entretenga, pero que lo haga en serio.
La educación no tiene porque ser aburrida, al contrario, puede resultar entretenida, siempre y cuando se la presente de un modo atractivo, que “enganche” a los alumnos o a las audiencias. La experiencia, y una gran profesora de Historia -la Sra. Marisa Barrionuevo, que este año se jubiló de las aulas, y a quien dedico esta columna, en una suerte de agradecimiento por todos los conocimientos que me inculcó de una manera divertida- me han demostrado eso.
La cultura y el saber son valores imprescindibles en cualquier hombre, y si los chicos de hoy sólo son expuestos a mensajes “tinellianos”, por no existir otra oferta igual de atractiva, estaremos arruinando a toda una generación, al no darles opciones para formarse una cultura seria, que rescate los buenos valores que debieran primar en toda sociedad bien habida.
Sin más, mi queridos lectores, los invito a dejar por un ratito el programa de Rial, y sumergirse en un buen documental, una serie o una pelí, en caso de que la lectura de un postergado libro, no los atraiga.
Saludos, y hasta la próxima semana.
