La columna de esta semana surgió a consecuencia de una charla de Facebook. Esas charlas que a veces se tornan raras y en las que se tocan temas que poco tienen que ver con el fin de las redes sociales. Esta vuelta, el tópico en cuestión fue los accidentes de tránsito y el alcohol.

Recuerdo que en el 2008, hicimos con unos compañeros de facultad, una nota sobre el tema de los accidentes fatales y su relación con el alcohol. Por ese entonces arrancaba el Registro Nacional de Accidentes de Tránsito (RENAT) –creado por el artículo 8° de la ley 24.449-, cuya función era crear una base de datos a la que tuvieran acceso todas las dependencias que otorgan los carnet de conductor, a fin de evitar que personas con antecedentes de accidentes viales, no pudieran manejar, o tramitar el registro en otra jurisdicción distinta a la de su domicilio, donde contara con antecedentes.

En la actualidad, y desde 2008, funciona la Agencia Nacional de Seguridad Vial (ANSV) -creada por Ley 26.363-, cuya misión es “coordinar el conjunto de acciones y actores involucrados en el cumplimiento del resultado estratégico definido por el Gobierno Nacional de reducir en un 50% la mortalidad por siniestros viales en un plazo de cinco años.”

Cuando comencé a escribir esta columna quise buscar las cifras oficiales. Entré a la página del Ministerio de Interior pero no encontré nada en la sección de la ANSV ni tampoco en la del Consejo Federal de Seguridad Vial. Fui a la del Renat, y tampoco tuve suerte, ya que estaba caída (si es que ya no funciona). Casi resignada a no encontrar números al respecto, me acordé que la Asociación Luchemos Por la Vida elabora informes y estadísticas al respecto.

De las estadísticas que pude consultar en el sitio de dicha ONG, se ve que en entre el 2/1/2009 y el 1/5/2010, fallecieron 7.885 personas, de las cuales el 24% eran peatones, un 42% iban en un auto, un 8% eran ciclistas, un 25% eran motociclistas y un 1% no está determinado.

A su vez, de esas 7.885 personas fallecidas, un 53% se accidentó en horario nocturno, y un 54% -cifra que coincide con que el porcentaje que arroja la estadística sobre víctimas menores de menores de 35 años- lo hizo durante los fines de semana o feriados, lo que nos lleva a pensar de que podría haber algún tipo de relación con las fiestas y el alcohol, aunque no he encontrado cifras oficiales respecto de la cuantía de accidentes que se producen por conductores o víctimas que presentaban un dosaje de alcohol en sangre superior a los 0,5 gramos por litro de sangre permitidos por la ley argentina (aunque no quiere decir que no existan).

De acuerdo a los antecedentes de la Declaración de los Jóvenes sobre la Seguridad Vial, redactada en la Asamblea Mundial de los Jóvenes sobre la Seguridad Vial, celebrada en abril de 2007 en la ciudad de Ginebra (Suiza), la tercera parte de los muertos en este tipo de accidentes, son personas que no superan los 25 años de edad. En muchos casos, los victimarios e, incluso las víctimas, estaban bajo los efectos del alcohol.

Todo el análisis de estos números me llevó a preguntarme y analizar acerca de lo que se está haciendo para prevenir los accidentes viales y de todo lo que se podría hacer.

Si bien hay controles de alcoholemia apostados en distintos puntos de Buenos Aires, estos no son lo suficientemente efectivos. ¿Por qué? Fácil, porque suelen estar sobre avenidas, generalmente luego de calles que los conductores pueden tomar para evadirlos. Por otro lado, estos operativos no pueden controlar efectivamente a todos los conductores –lo que sería un gasto de tiempo y dinero inconmensurables-, sino que eligen aleatoriamente los rodados (las malas lenguas dirán que suelen ser autos caros, porque así pueden sacar mejores “coimas”).

La solución a mi entender, sería que los inspectores estuvieran en la puerta de los boliches o los bares, de modo que prevengan que una persona alcoholizada maneje, independientemente, que en las discotecas debería implementarse algún tipo de control, por ejemplo una pulsera, de seguridad, que los asistentes usaran y la cual se sella cada vez que compran un trago. Para evitar que los jóvenes se las saquen y así evadan el control, el uso de la pulserita deberá ser obligatorio si es que quieren permanecer en el recinto, debiendo entregarla a la salida (y así se podría ver cuantos sellitos tiene y en consecuencia ver si consumió alcohol).

Por otra parte, se me ocurrió que también podía ser posible que los encargados de los estacionamientos, en un actitud responsable, no entregaran las llaves de los autos a aquellos dueños que vieran bajo los efectos del alcohol, y sólo se las entregaran a personas que vieran en estado apto para conducir, debiendo firmar esta una suerte de nota en la que se hace responsable de que dicho vehículo (de modo que en caso de que ocurra un accidente, se pueda determinar efectivamente si el que conducía era una persona que estaba alcoholizada o uno de los conductores suplentes).

También pensé que no se puede prohibir tomar alcohol, y que los chicos suelen proveerse de buenas dosis a través de deliveries. Bueno, la solución a eso sería, que hubiesen controles efectivos, a fin de prohibir que se vendan este tipo de bebidas después de determinado horario (cosa que se hace, en supermercados, por ejemplo), o hacerlo únicamente en licorerías, habilitadas al efecto.

A los argentinos, por lo general, nos gusta la velocidad. Todos adoramos a Fangio y a Traverso, incluso al “Loco” Di Palma, pero ellos corren en el autódromo y no en la calle (además de que saben cómo hacerlo). El tema es que para el ciudadano promedio correr en el autódromo le implica gastar dinero, es por eso  que me pareció que estaría bueno que los autódromos no cobraran por correr, y que se habilitaran más lugares al efecto, de modo que la gente no corra en la calle. Porque la realidad es que para el que tiene alma de corredor y gastó cada centavo que ganó en dejar su auto como si fuera una Ferrari de Formula 1, la calle no es segura, porque puede cruzar gente, porque el pavimento no está en condiciones, o porque simplemente no hay reglas que impidan que los autos se choque entre sí –como si ocurren en los eventos, como el ¼ de milla).

Otro factor de riesgo al momento de los accidentes es el estado de los autos. Mucha gente sale a manejar sin tener la menor idea de las condiciones mecánicas de sus vehículos. Cómo la verificación técnica, si bien es obligatoria, la gente la hace si quiere, o sólo cuando está por vender su coche, debería haber algún tipo de multa grave para que la gente se vea obligada a revisar periódicamente sus autos, de modo que todos los autos estén en buen estado. Asimismo, habría que bajar los precios de los repuestos, ya que mucha gente no arregla sus autos por que estos suelen ser caros.

Por otra parte, hay lugares en los que sacar el registro es casi tan fácil como abrir un huevo kínder y develar el premio, ya sea porque no toman exámenes, o porque estos son muy pero muy fáciles. Si se evaluara conscientemente a los futuros conductores, y se los instruyera debidamente sobre cómo manejar y cuáles son los riesgos de manejar alcoholizado, con el auto en mal estado o alta velocidad (ilustrando los dichos con imágenes contundentes), la gente se cuidaría un poco más.

Es verdad que, por ejemplo, desde que en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se pusieron más estrictos con las fotomultas, la gente se cuida más, porque las infracciones suelen ser carísimas. Y es real también que al argentino promedio le duele gastar plata, entonces la clave estaría en que establecer multas altísimas, de modo que la gente haga lo que debiera hacer naturalmente, que es portarse conforme a la ley.

En fin, todas estas ideas, no son más que eso, ideas. Cada cual sabe lo que tiene que hacer. Si vas a manejar, como dice la publicidad, no tomés. O si querés tomar, deja que otro conduzca por vos (creeme que te va a cuidar el auto, porque a nadie le gusta ir al chapista, y menos pagar un arreglo jajaj). Es más si querés tomar, toma conciencia. Nadie te cuida mejor que vos.

Saludos y hasta la próxima semana.

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