Archive for agosto, 2010


La lógica de la vida indica que son los hijos los que tienen que enterrar a sus padres fallecidos, y no al revés. Sin embargo, lo que solía ser una excepción, cada día tiende más a convertirse en la regla.

Casos como el de Santiago Urbani (18), asesinado en Tigre luego de que le robaran el auto; el de Carolina Píparo, la mujer embarazada que fue baleada la semana pasada en un salidera bancaria en La Plata y que perdió a su bebé, Isidro, a consecuencia del hecho; o el del oficial Diego D’Andreis (22) muerto en Pilar también para robarle el auto, evidencian que la inseguridad sigue siendo “una sensación” cada vez más palpable.

A los delincuentes de hoy ya no les basta con apropiarse de lo ajeno, que ahora además matan, con total sangre fría, y sin que les tiemble el pulso al momento de elegir a la víctima (chicos, embarazadas, ancianas, policías). Paradójicamente, están tranquilos, pues la misma inseguridad que provoca terror a la mayoría, a ellos les asegura la impunidad.

En una columna publicada en la edición del sábado 9/08/2010, el jefe de Gabinete de Ministros del gobierno nacional, el Dr. Aníbal Fernández –otrora fuera Ministro de Justicia- se despachó alegremente con otra célebre frase, a las que ya nos tiene acostumbrados.

En esta oportunidad, Fernández sostuvo que “La pérdida de una vida tan joven es una tragedia en sí misma, ya sea víctima por falta de atención sanitaria, la mala alimentación, la exposición al frío o la falta de cuidados materno-infantiles. No habíamos hablado de este tema porque era nuestra aspiración que, tanto el bebe como su mamá, salvaran su vida y no tuviéramos que lamentar una pérdida, en contraposición a aquellos que pareciera esperaban la muerte de este pibe para hacer politiquería con el dolor ajeno. No será seguramente simpático que yo mencione que nuestro país tiene la tasa de criminalidad más baja de Sudamérica, ni servirá de consuelo a la familia de las víctimas, pero no será por eso menos cierto”

Concuerdo con Fernández que hay cosas que no resultan simpáticas, pero que por ello no deja de ser tristes verdades. También concuerdo con él, que muchos políticos –sean opositores u oficialistas- siempre esperan a las tragedias para “hacer politiquería del dolor ajeno”, en lugar de dedicarse a planear estrategias que solucionen los problemas de base. Veamos: si muere un chiquito de desnutrición, automáticamente la oposición al gobierno responsable, dirá que es por la inacción en las políticas de quienes gobiernan, en lugar de ver cómo limar asperezas y trabajar en conjunto para brindar soluciones a los problemas de la ciudadanía. Lo mismo ocurrirá con temas como la inseguridad, las fallas en el sistema de salud, de justicia, etc.

Eternamente, nuestros gobernantes –con la mayor de las frialdades- se patearán la pelota entre sí, tratarán de lavarse las manos, desligar responsabilidades hundiendo a los enemigos y harán leña del árbol caído en la primera oportunidad que se les presente. Eso sí, de sentarse todos juntos a generar políticas duraderas para que la gente no siga muriendo por inseguridad, hambre, imprudencia y carencia, ni hablar.

Parece que los políticos olvidan frecuentemente que desempeñan cargos públicos por que el Pueblo los puso ahí (a veces directamente, otras por que han elegido a quien los designó). Cómo terribles infantes, pelean por demostrarse quien tiene más poder, o quien es mejor, en lugar de dar pruebas con hechos.

Los estilos varían. Los del Justicialismo “disidente”, como el Ing. Mauricio Macri, se escudan en la gestión y en la (¿sobre?) acción: al mejor estilo Napoleón, decora la Ciudad para darle un aire más europeo, al tiempo que muchas cosas a medio hacer como las obras de en escuelas y hospitales. Por su parte, otro justicialista como es el ex presidente Eduardo Duhalde elabora estrategias para “educar” a su “Frankenstein” personal (los Kirchner). Asimismo, Felipe Solá, reniega de sus alianzas pasadas y juega al “Estanciero”, vendiéndose al mejor postor.

En el caso de los políticos venidos del riñón del radicalismo: la tipología es más excéntrica. Por un lado tenemos a la Dra. Elisa Carrió, que trata de reinventarse constantemente creando partidos políticos (como quien hace tortas en una pastelería), mientras aprovecha cualquier medio de prensa para lanzar apocalípticos pronósticos sobre el país –sin considerar la preparación emocional de los ciudadanos-, al tiempo que se “publicita” como la cura de todos los males. También hay exponentes como el vicepresidente Julio Cobos, que renegó de su origen partidario para alzarse en el poder; “traicionar” la plataforma del gobierno que integra, como pasó con el “voto no positivo”; y luego volver “a la casita de sus viejos” pidiendo la reafiliación al partido que lo vio nacer. Otro lindo ejemplar es el Dr. Ricardo Alfonsín Jr., quien no pareciera tener más mérito que ser un clon de su fallecido padre, mientras que las acciones que pretende llevar a cabo, son producto de la creatividad de otros radicales más experimentados.

En síntesis, la oposición es un caos. Todos se pelean entre sí, pero nadie soluciona los problemas de inseguridad. La inseguridad existe, es real, y está presente en todos los planos de nuestra existencia.

Tenemos la inseguridad de cuando salimos a la calle y no sabemos si volvemos porque podemos quedar en medio de un tiroteo, o porque un señor/a decide apropiarse de nuestros bienes y como no les es suficiente nos deja de recuerdo un par de balas en el cuerpo (en el mejor de los casos, cuando no nos matan). Hay inseguridad en las cárceles, donde ladrones de poca monta, son albergados con otros de mayor carrera.

Hay inseguridad judicial, desde el momento en que una víctima debe procurarse con sus propios medios un abogado para que siga la causa –a modo de contralor, para saber si los jueces y fiscales están actuando como la ley manda-, mientras que los delincuentes tienen gratis (en realidad se lo pagamos los ciudadanos con nuestros impuestos) un abogado defensor. La inseguridad judicial también la padecen los magistrados, cuando se ven expuestos a ser sancionados con un llamado de atención o con la negativa a un pedido de medidas para proseguir una investigación, porque sus superiores no comparten criterios de actuación en una causa judicial.

También tenemos inseguridad profesional, pues no siempre estudiar asegura los mejores puestos de trabajo. Asimismo, este tipo de inseguridad puede derivar de la función que uno desempeñe (así estarán en peligro uniformados, docentes, trabajadores de la salud, etc.)

Además hay inseguridad edilicia y sanitaria, generada por la irresponsabilidad de quienes deben hacer las cosas de acuerdo a los procedimientos, y las hacen mal por inexperiencia o porque medió un billete. Igualmente pareciera existir inseguridad familiar, derivada de la imposibilidad de crear hogares sanos (sean de homosexuales o de heterosexuales).

En definitiva: “estamos en el horno”. Toda esta inseguridad, a la que el ciudadano argentino promedio se ve sometido, no sólo se combate con acciones, es necesario un cambio de cabeza y criterios rotundos, no sólo por parte de nuestros gobernantes, sino también por parte nuestra (ya que no podemos exigir lo que no hacemos).

Es real que mayor inversión en salud, educación, defensa y justicia podría hacer la diferencia, pero sino empezamos por respetarnos unos a otros, estamos fritos!!!!.

Anteayer, en un acto de entrega de notebooks en Bragado –Provincia de Buenos Aires- la presidenta de la Nación, Cristina Fernández sostuvo –de acuerdo a distintos medios de prensa- que “el sentirse excluido, olvidado por la sociedad, genera resentimiento en el que sufre esto”. En relación a la inseguridad, la mandataria manifestó que piensa “en esos chicos que no han tenido la suerte de tener una familia, que han sido abandonados y que bueno, ellos sienten que su vida no vale dos pesos y cuando un pibe siente que su vida no vale dos pesos es muy difícil que para él la vida del otro valga algo más que dos pesos”.

Estamos más que de acuerdo que la sociedad actual vive inmersa en el resentimiento –confesos o no, todos somos un poco resentidos, en algún punto-. También estamos de acuerdo que se está “incluyendo” gente a programas de todo tipo, pero eso no alcanza.

Lo que me preocupa es la resignación(¿?) de la presidenta a pensar que si un chico no considera el valor de su vida por qué va a considerar la de otro. ¿Qué tal si hacemos que los chicos consideren que hay otras opciones amén de las de empuñar un arma? ¿Por qué no dejamos que los chicos sean chicos, y les damos buenos hogares –u orfanatos más parecidos a los de “Chiquititas” que al de “Annie, la huerfanita”? ¿Qué tal si además de enseñarles las fechas de las batallas, les damos herramientas para que salgan de la escuela con una opción más atractiva que robar?

A la gente no sólo hay que darle capacidad adquisitiva, salud, educación, hay que enseñarle el valor del trabajo, de la cultura, del respeto por los otros, y por la autoridad (aunque suene, como le gusta decir a algunos, “facista”). Hay que darle seguridad no sólo para cuando sale a la calle, sino para la hora en que tenga que buscar un trabajo, operarse, comprar o vivir en una casa, educarse, etc.

Soluciones no son sólo sacar las armas ilegales de la calle (las cuales nadie sabe a ciencia cierta a dónde van a parar, por más que el RENAR diga que las destruyen), ni poner camaritas para enfocar a los delincuentes o a los infractores de tránsito (no somos Londres, como para andar portándonos bien por miedo a quedar escrachados en una filmación y que nos sancionen con todo el rigor de la ley). Menos que menos sirve sacar leyes alegremente, cuando las existentes no se aplican (o se lo hace con la mayor de las creatividades a la hora de interpretar las normas). Tampoco sirve otorgar subsidios, sin enseñar oficios (los cuales antes, se aprendían en las escuelas), ni comprar alimentos o remedios si no hay donde distribuirlos, o si no se pueden entregar a los reales destinatarios, antes de que se venzan o pudran. Menos que menos sirve voltear gobiernos e instituciones porque no nos gusta como manejan las cosas (para algo vivimos en una sistema republicano, que nos da la chance de cambiar las cosas cada 4 años)

Desde mi punto de vista, la solución más inmediata es “reprogramarnos” mentalmente y empezar desde uno, a hacer las cosas lo mejor que se pueda, por más que el bastardeado sistema se empeñe en ponernos trabas (porque parece que el caos es más rentable a los intereses del poder –cualquier poder-, que la organización). Comprometernos con nosotros mismos, y con nuestros conciudadanos para hacer las cosas bien; dejar la cabrona actitud de “lavarnos las manos” cuando “las papas queman”, o mirar para otro lado cuando se viene el agua a taparnos.

Que la sangre fría, sea la nuestra a la hora de elegir representantes, para así evitar que se siga haciendo “politiquería” con el dolor, la vida, las esperanzas y las oportunidades ajenas.

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Esta semana, reconozco que me agarró –como decimos los escritores- el “bloqueo creativo”. Me negaba insistentemente a escribir sobre la situación actual (entre nosotros, para amargarnos, prendemos el noticiero, no nos tomamos la molestia de leer una columna).

En un llamado de mi suegra, gran cocinera ella (no lo digo para quedar bien jajaj), me vino la idea del tema de esta semana. En realidad, el tópico me lo dio ella: “¿Por qué no escribís sobre cocina?”, me dijo.

En la columna que escribí sobre Maradona y Tevez uno de mis lectores me recomendó que me dedicara a la cocina, en lugar de escribir sobre fútbol. Cómo lo prometido es deuda, aquí va una selección de recetas. Dedico este envío a cuatro grandes cocineras: mi mamá, mi abuela (que hacía las mejores empanadas y milanesas), a mi suegra (que fue la de la idea para esta columna), a mi amiga Flor “Nardita” Canusso (que se recibió de licenciada hace poco y a quien también le gusta cocinar) y a mi crítico futbolero –creo que era Juan Manuel “El Pelado Vengador”-. Señoras y señores, con ustedes: La Cocina.

Admito que me gusta cocinar. Mi fuerte, es la repostería, lo admito. Pero también me doy maña con lo salado. Por eso, esta semana, les propongo cinco recetas, para que puedan hacer en su casa, para desconectarse un poco de la rutina y, ¿por qué no?, agasajar a los suyos, con algo casero. Son fáciles de hacer, no necesitan muchas cosas, y las hacen en un toque.

Para la primera cual llamo “Chicken Fingers con papas a las hierbas” (en criollo, “dedos de pollo”-suena horrible, pero es una delicia-), necesitan pechugas de pollo (calculen 1 cada dos o tres personas), pan rallado, huevos (cantidad necesaria), pimienta, sal, semillas de sésamo y/o amapola, hierbas (puede ser salvia, aunque a mí me gusta más el romero), papas (1 grande por persona aproximadamente) y aceite (cantidad necesaria).

Corten las pechugas de pollo a lo ancho, en tiras de más o menos el tamaño de un dedo. Batan dos o tres huevos (eso mídanlo de acuerdo a la cantidad de gente para la que vayan a cocinar, más o menos la proporción, es 1 huevo grande cada dos pechugas). Agréguenle a la mezcla sal, pimienta y las hierbas (pueden usar unos saborizadores que hay para carnes o uno que se llama “Finas Hierbas” de una marca de calditos). Sumerjan en el huevo las tiritas de pollo y déjenlas que se impregnen bien.

En otro plato, pongan pan rallado y mézclenlo con las semillitas de sésamo o amapola (sino les gustan, pueden reemplazarlas por queso rallado). Rebocen las tiras de pollo que tenían sumergidas en huevo, en esta mezcla de pan rallado y semillitas (o queso).

Por otro lado, corten las papas. Pueden hacerlo en bastones, o en cuadraditos más chicos (cuanto más pequeños más rápido se van a cocinar). Las papas las pueden hacer al horno o fritas. (Aquí no hay ninguna ciencia, simplemente, frían las papas en una sartén, o pónganlas en una fuente con aceite en el horno)

Volvamos al pollo. Una vez que rebozaron todo, pongan a calentar aceite en una sartén. Frían las tiritas de pollo hasta que se doren. Sáquenlas y póngalas sobre papel absorbente.

Sirvan las tiritas de pollo junto con las papas (fritas u horneadas, a las cuales deben –en caliente, espolvorear con hojitas de romero-. Si quieren, pueden acompañar las tiritas de pollo con salsa de Barbacoa o Ketchup.

La segunda receta que les propongo, es un clásico: “Albóndigas con salsa” (la receta de mamá). Es una receta más compleja que la anterior, pero si tienen tiempo, vale la pena. Necesitan para las albóndigas (más o menos para que coman dos o tres personas) una bandeja de carne picada, una cebolla (de chica a mediana), aceite, pan (si tiene un par de días, mejor), leche (cantidad necesaria), sal, pimienta, un huevo (o dos) y un poquito de harina.

Para la salsa, pueden optar por la opción fácil de abrir un tetra brick de la salsa de su elección, o ensuciarse un poquito más y hacerla a la antigua usanza, para lo cual necesitarán medio kilo de tomates perita, una cucharadita de azúcar, aceite, sal, pimienta, pimentón (y si les gusta el picante, un poco de ají molido).

Pelen la cebolla, y píquenla en cuadraditos chiquitos. Pónganla rehogar en una sartén con un toque de aceite a fuego lento, hasta que la cebolla, se ponga apenas transparente (pueden guardar un poco para la salsa).

Agreguen a la cebolla la carne picada. Déjenla cocinar hasta que se oscurezca un poco. Mientras tanto, corten o desmenucen el pan (calculen 4 mignones por bandeja de carne), y pónganlo en un recipiente con la leche (la idea es que el pan se humedezca, de modo que luego tengan albóndigas más tiernitas). Si pueden procesen la mezcla de pan y leche, de modo que les quede una crema. Mézclenla junto a la cebolla y la carne que tenían salteando en la sartén, hasta que tengan una pasta de consistencia dura (para ensuciar menos, pueden hacer el saltear la cebolla y la carne en una cacerola y luego mezclar el pan).

Mientras corten los tomates, y saquen las semillas. Pónganlos a hervir en una cacerola (pueden sacarle la piel ahora) hasta que se ablanden. Cuélenlos y procésenlos, junto con una cucharadita de azúcar, la sal, la pimienta y un chorrito de aceite (si ven que quedó muy dura, pueden agregar agua). Pueden agregar cebolla o pancetas salteadas, orégano, albahaca, o lo que quieran a su salsa. Siempre recuerden, que en toda cocción las hierbas se agregan al final, porque el calor puede hacer que se quemen y vuelvan agria la preparación.

De nuevo con las albóndigas. Una vez que la mezcla de carne, cebolla y pan se enfríe, mezclen los huevos (esto hará que las futuras albóndigas se mantengan unidas). Pónganse harina en el huequito de la mano y hagan bolitas con la mezcla (pueden hacer la bolita y luego pasarla por harina). Pongan las bolitas en una placa enaceitada y cocínenlas 15 minutos (más o menos en un horno medio –o hasta que vean que se queman un poquito-).

Una vez cocidas las albóndigas, incorpórenlas a la salsa, y listo. Están listas para comer así directamente, o para acompañar alguna pasta de su elección.

La tercera propuesta culinaria es un clásico de invierno: “Guiso de lentejas”. Necesitamos lentejas, panceta ahumada (si no consiguen pueden agregar solomillo de cerdo ahumado, o panceta salada), 1 chorizo colorado (opcional), 1 cebolla, 1 pimiento, sal, pimienta, pimentón dulce y ají molido. Pueden agregar, si quieren, un caldito de “tuco clásico” o de verduras.

Pongan las lentejas en una olla llena de agua (que el líquido las cubra bien). Déjenlas en remojo toda la noche, para que se hidraten (hoy se consiguen lentejas de fácil cocción, para las que no son necesarias este paso, pero de todos modos, siempre conviene dejarlas en agua). Cuelen las lentejas, y vuélvanlas a poner en una olla con agua (no las hiervan en el mismo agua en la que las dejaron repasar).

Piquen la cebolla y el pimiento. Salteen la panceta, hasta que empiece a largar la grasa. Pueden usar esta reducción para saltear la cebolla y el pimiento, o pueden hacerlo por separado con una cuchara de aceite.

Agreguen a las lentejas el salteado, junto con sal (no abusen, porque ya la panceta es salada), pimienta, el ají molido deshidratado (mucho si les gusta picante), el caldito y el pimentón. Cocinen todo a fuego (de bajo a medio) hasta que las lentejas estén blanditas. Pueden agregar más agua, si les gusta el guiso más tipo sopa, o dejar que se evapore si les gusta más consistente. Sirvan y disfruten.

Las últimas dos recetas, son platos dulces, para el postre. El primero es muy pero muy fácil y es el preferido de mi amiga Flor: los panqueques. Necesitan para la mezcla harina, azúcar y leche. Además necesitarán manteca, para agregar en la sartén y que los panqueques no se peguen.

Mezclen una taza de harina, con 4 cucharadas soperas de azúcar, y leche, hasta que les quede como un engrudo medio líquido. Coloquen una cucharadita de manteca en la sartén (no abusen), sobre fuego medio, y dejen que se derrita (sacudan la sartén de modo que la materia grasa impregne toda la base). Agreguen un poco de la mezcla de modo que se forme una capa fina. ¿Cómo se dan cuenta de cuándo hay que dar vuelta los panqueques? Fácil, cuando vean que la parte de arriba pasa de estar blanca a hacerse un poco más transparente).

Para darlos vuelta, hay distintos métodos. El más profesional es sacudir la sartén como si fuera una raqueta de tenis y estuvieras devolviendo un saqué (pero ojo, si nunca lo hicieron antes, no lo intente, porque se pueden quemar feo). Una opción más simple es poner un plato sobre la sartén y voltearla, y luego volver a poner el panqueque del lado que no estaba cocido para que se termine de dorar.

Para acompañarlos pueden usar dulce de leche (clásico de clásicos), mermelada, caramelo, manzanas, chocolate, pasta de avellanas (la misma que se usa para rellenar esos bomboncitos de papel dorado) agregar nueces o almendras. Otra opción, como los comían mis ancestros, es espolvorearlos con azúcar y jugo de limón.

La última receta de hoy, son “Galletitas de miel y jengibre”. Necesitan 100 gramos de azúcar, 100 gramos de manteca, 1 huevo, sal, 200 gramos de harina (y un poquito más para amasar), esencia de vainilla (una cucharadita), una pizca de sal para que realce el sabor, una o dos cucharadas de miel,  y una cucharada de jengibre en polvo.

Esta receta es básica para galletitas, pueden obviar el jengibre y la miel, y agregar ralladura de limón o naranja, o sólo dejar la manteca.
Cuando hacemos masas en repostería, siempre conviene que los ingredientes estén a temperatura ambiente, pero sino no hay drama.

Batan la manteca junto con el azúcar el huevo, la esencia y la miel hasta que tengan una consistencia de crema. Agreguen a la preparación anterior el harina, el jengibre y la sal. Amasen hasta que tengan una masa blandita –estilo plastilina- (si ven que les quedó muy líquida agreguen más harina). Dejen reposar la masa en la heladera (de media a una hora).
Estiren la masa y corten (con un vaso, sino tienen cortante) las galletitas. Cocínenlas en horno medio unos 10 minutos (vayan tanteando, con un escarbadiente o un tenedor que las galletitas no estén demasiado duras, porque sino cuando se enfríen van a ser una duras como un adoquín).  Antes de comer déjenlas enfriar. Las pueden conservar en un recipiente hermético.

Bueno, hasta aquí, mi columna de esta semana. Espero que disfruten estas recetas y que las prueben. Si viven solos, son una buena opción para salir de la tradicional milanesa, o para invitar a sus novias/os, amigos/as (y no tener que pedir comida). Si todavía viven con sus padres, pueden sorprenderlos cocinando algún fin de semana.

Saludos y hasta la próxima semana. Espero sus comentarios y o recetas –para futuras columnas-. ;o)

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